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martes, 8 de noviembre de 2011

¿Tiene posaderas el cuerpo de la historia?

                  




Santa Bárbara, Pedro Laboria, S XVIII, Coleección Arquidiócesis de Bogotá
  A pesar de su miedo  al cuerpo o precisamente por ello, la pinacoteca colonial , paradójicamente, estuvo obsesionada con la carne, desplegándose en una orgía de sangre, mutilaciones, manos crispadas, miradas arrobadas, donde el cuerpo se muestra y se oculta, pero permanece todo el tiempo en un paroxístico primer plano. Y donde la mujer tuvo un papel tan protagónico como el del hombre. Santas místicas, mártires se sobre-representan. Y sobre todo está la imagen ubicua de la virgen María, quien fue la reina indiscutible del barroco americano.  Sin embargo, bajo la mirada del arte independentista, fluidos, viscosidades, desnudeces, pieles, miembros amputados y mujeres desaparecen del espectro visual.
Los cuerpos entonces, caídos bajo la férula neoclásica y secular, son sepultados por vestidos oscuros que los ahogan. Sobreviven a esta negación, nuevamente rostros y manos que sin embargo ya no danzan ni se encabritan. La rigidez, la contención, el ocultamiento son ahora la norma. También la masculinización.

Plaza de Bolívar, Bogotá, Foto Sol AGE

Después del tiempo de los santos,  ha llegado el tiempo de los héroes y estos son invariablemente hombres, blancos y aristocráticos. Y este cuerpo heroico si se quiere es todavía más varonil que el de  los mátires, envueltos todavía en un imaginario ambiguo y pasivo frente a este nuevo panteón de hombres de pelo en pecho.

Los héroes se erigen ahora como los nuevos cuerpos ejemplares que dan la medida de lo socialmente deseable y expulsan a todas las otras corporalidades que no cumplan sus mandatos como lo étnico, lo popular, lo femenino o feminizante.  El cuerpo del héroe masculino ha cambiado las rojas desnudeces, las morbideces místicas y carnales, por paños geométricos y oscuros. El cabello largo revuelto por  huracanes divinos ahora está recortado e inmóvil. Los gestos grandilocuentes se petrifican , las manos no claman ya al cielo, sino que se concentran en señalar el destino de la patria. No habrá más dragones ni serpientes para aplastar: el diálogo de lo humano con lo animal se hará a través de caballos tan trascendentes y envarados como sus jinetes.

Policarpa Salavarrieta, José Maria Espinosa, S XIX, Museo Nacional, Bogotá.

Sin embargo hay una nota discordante en todo este panteón androcéntrico: la imagen de La Pola. Si bien hubo otras heroínas como  la santandereana Antonia Santos o la antioqueña Simona Duque, ninguna de ellas  alcanzó la categoría de mito y de matriota como lo hizo La Pola en la memoria oficial y popular de Colombia. http://www.banrepcultural.org/blaavirtual/biografias/salapoli.htm

Frente al relato patriarcal de la Independencia y el panteón masculino de héroes de la incipiente nacionalidad del siglo XIX, Policarpa Salavarrieta  ha  representado el punto de quiebre. Es una especie de mascota simpática y romántica de los mitos de la Revolución que nos la relatan enamorada e inflamada, fiel a su hombre y a su patria, joven y atrevida.  Es la  excepción en la extensa y codificada galería de mártires de la patria, sin vida privada ni sentimientos: prohombres  ceñudos, figuras públicas cubiertas de medallas y petrificadas en gestos controlados y aleccionadores. La guerra,  la política, los grandes ideales  y la vida pública bajo esta mirada eran cosas de hombres. Las mujeres habitaban los espacios domésticos, interiores, privados y sentimentales,  donde los vientos de la historia no soplaban.  La Pola, sin embargo, pudo ser involucrada a este relato, pero desde la perspectiva de lo exótico y lo excepcional.


Policarpa Salavarrieta, Dionisio Cortés, Bogotá, Foto Sol AGE

Plaza de Bolívar, Bogotá,Foto Sol AGE.



  
Sin embargo, en  la imaginería independentista, La Pola a pesar de haber abrazado la política y la revolución, no ha dejado de ser la mujer de los ideales decimonónicos y se convierte apenas en un punto de color en esta galería de héroes adustos.  Su feminidad se expresa en cabellos más graciosos, largos y móviles, en vestidos más redondeados, en un rosto más menudo sin las aguileñas narices predispuestas a los destinos trascendentes de los próceres, en algunos escotes que destapan el pecho, pero sin llegar nunca a la herejía de dejar salir los senos. Sus acciones las ha realizado  contraviniendo su naturaleza y cuerpo de mujer. Según la leyenda, sus últimas palabras fueron “Ved que, aunque  mujer y joven, me sobra valor para sufrir esta muerte y mil muertes más”. Es decir no era valiente por ser mujer y joven, sino a pesar de ello.
En estos nuevos términos, la pareja fundadora y ordenadora del género en términos visuales de los tiempos independentistas y republicanos,  sucedánea del cuerpo de Cristo y el Cuerpo de María en la Colonia, sería la formada por el Cuerpo de Héroe de Bolívar y el cuerpo de Heroína de La Pola. El Padre y la Madre de la Patria en la que se han regodeado desde entonces y hasta ahora guiones museográficos y melodramáticos, y por supuesto los textos escolares. Allí se les representa  como los modelos de hombre y mujer incrustados en los fundamentos de la  Nación.

Stacie Widdifielf propone unos padres de la patria similares en México, después de analizar este discurso centenarista de Ignacio Ramírez:

"Es uno de los misterios de la fatalidad que todas las naciones deban su´pérdida y su baldón a una mujer, y a otra mujer, su savación y su gloria; en todas partes se reproduce el mito de Eva y María; nosotros recordamos con indignación a la barragana de Cortés, y jamás olvidremos en nuestra gratitud a Doña María Josefa Ortiz, la Malintzin inmaculada de otra época que se atrevió a pronunciar el fíat de la independencia para que la encarnación del patriotismo lo realizara" (1).

             

Maria Josefa Ortiz                     Miguel Hidalgo


Entonces Hidalgo y María Josefa Ortiz, heroína virginal, serían los progenitores simbólicos de la nación mexicana. Ella sería la descendiente natural de las vírgenes y mártires y representaría lo femenino en un buen sentido, mientras Malinche sería una madre mala, bastarda y a su vez tronco de bastardos. Úna dicotomía que en Colombia podrían encarnar la  virginal doncella Pola, fuera de toda sospecha, frente a aquel volcánico e incontrolable demonio con faldas que parecía ser Manuelita Saénz a los ojos de la historia oficial que siempre la cacaterizó como "la amante de Bolívar" . http://anatomiacomparadacolmexx.blogspot.com/2011/05/la-ciudad-de-las-mujeres.html



Policarpa Salavarrieta, Dinisio Cortés, Bogotá, Foto Sol AGE



Policarpa Salavarrieta, Patricia Bravo, Medellín

Pero quizás a pesar de la insistencia histórica y las restricciones iconográfícas la doncella sí tuvo cuerpo. Esta versión contemporánea de Patricia Bravo, donde la heroína aparece sin rostro, desnuda y de espaldas, al contrario de la representaciones tradicionales que la imaginaban siempre de frente y vestida pudorosamente, leve y espiritual, enfatiza la carnalidad de La Pola. Una mujer que luchó, decidió, soñó, vivió desde su condición femenina.

En la iconografía patriarcal, cuando el cuerpo de la mujer no es un objeto sexual que se ofrece mansamente al deseo masculino simplemente sobra, se tapa, se ignora. La Policarpa de Bravo se concentra, en cambio en ese agujero negro de lo innombrable y lo irrepresentable: el cuerpo subjetivo femenino. Y va en contravía de la anatomía en pendiente piadosa y heroica que sólo valora las partes superiores y frontales de los cuerpos. La Pola, como la Guadalupe de Alma López (http://anatomiacomparadacolmexx.blogspot.com/2011/09/mantos-abiertos-cuerpos-expuestos.html),  se quita el vestido y se despliega en su esplendor íntimo y femenino. Es de carne y hueso, tiene posaderas sin trascendencia, que no simbolizan ni ejemplican. Es una mujer joven y valiente, no a pesar de ello como lo quería la leyenda, sino precisamente por ello, por ser mujer. Una categoría que sigue hablando de un vacío, que ella inéditamente trata de reescribir. Por algo, en el país de las sin rostro, se ganó sola el derecho a la memoria y a la imagen.  

Bolívar, Juan Dávila, Chile


Esta imagen desestabilizadora de los clichés de las mujeres y de los prohombres del relato independentista  evoca inmediatamente aquella explosiva del chileno Juan Dávila quien pintó a un polémico Bolívar mulato, hermafrodita y con sus órganos bisexuales al descubierto. Hay en ambas imágenes una subversión  de aquel relato de  héroes considerados indefectiblemente masculinos y blancos, seres públicos, sin vida privada, sentimientos  y mucho menos cuerpo. Y de una nacionalidad construida a partir de la marginación, la segregación y la exclusión de ciertos géneros, razas y clases. En fin, de ciertos cuerpos invitados y de otros que debían bailar "el baile de los que sobran".  Imágenes que parecen decirnos que la nacionalidad en la contemporaneidad no puede seguir siendo  unas ortodoxas charreteras empolvadas y excluyentes, sino un concepto  plural, híbrido,  mixto, donde otros cuerpoa deben entrar a  jugar.

(1) WIDDIFIELD, Stacie. "La nación mestiza: una nación engendrada", en CORDERO y SAENZ, compiladoras, Crítica feminista en la historia y la Teoría del Arte, México, Universidad Iberoamericana, 2007.



lunes, 7 de noviembre de 2011

La Pola revisitada

Cuando La Pola soñó a Gaitán

Exposición: El Pacificador
Artista: Cristina Cardona

Asesora: Sol Astrid Giraldo 
Museo De Antioquia, Medellín






Texto crítico:

Por Sol Astrid Giraldo
Una sala de arte decimonónico  en penumbras. Figuras desvanecidas en los muros, palabras entrecortadas. El murmullo y los fantasmas de la historia. Quizás porque ésta ya no puede ser  un relato nítido, unívoco, claro. Quizás porque ya no la narra ni Dios ni Hegel, sino tal vez un idiota, lleno de ruidos y de furia como aquel personaje de Macbeth  de labios partidos,  palabras quebradas y ojos desorbitados. ¿Quién podría relatar hoy  las anécdotas edificantes de héroes de charreteras, mármol y caballos que se encabritan antes los soles del destino?
 Las imágenes también se han partido. Ya no creemos en los cuerpos ejemplares de los héroes que reemplazaron a los de los santos. Las representaciones independentistas son  ahora  náufragas de un campo de batalla, lleno de esquirlas, de aristas irregulares, de los restos  corto punzantes del espejo roto.  La instalación “El Pacificador” de la artista Cristina Cardona  ha convertido en eso  la Sala de Arte Republicano del Museo de Antioquia: en una ruina donde se agolpan y yuxtaponen  las  imágenes y los discursos de la Patria. Pero, precisamente  estos monumentos rotos, estos ruidos inconexos, son los que  hoy  permiten que esta adusta y muda galería muda vuelva a hablar a los oídos de hoy.
La Pola, la “aunque mujer y joven”; Gaitán, “el hombre que era un pueblo” son las únicas figuras que emergen del silencio de los relatos escolares y museográficos. Una luz del montaje, que es también la luz de la mirada contemporánea, los elige entre todas las demás figuras ejemplares y los lleva a un primer plano. Este rayo arbitrario sobre el lienzo de La Pola, quien siempre estuvo allí opacada por una multitud de personalidades masculinas, enfatiza  lo femenino en el discurso androcéntrico de la Independencia. Al otro extremo de la sala, el retrato inflamado de Gaitán, un héroe de otras revoluciones, de otras tragedias, un personaje tan próximo que nos respira en la única, llega como un intruso de otros tiempos. Su presencia indígena, popular, contamina el plácido relato de la sala republicana  y desestabiliza la figura del héroe apolíneo, blanco, aristocrático, ungido por los dioses y el destino superior.
La Pola en un ala de la sala quizás sueña a Gaitán, mientras Gaitán al otro extremo quizá la recuerda. Sueños y delirios que son pesadillas de sangre  y guerra, y que ahora, en este reino de los muertos, de los sacrificados, de los acallados, solo puede contemplar el espectador del siglo XXI, quien en esta sala es acribillado por el ruido seco, sordo e impecable de los fusiles de la cruenta historia colombiana: por sus murmullos y sus fantasmas…   
Anotaciones:


El guión de la sala republicana del Museo de Antioquia gira alrededor de  una serie de héroes masculinos del siglo XIX, en el que sólo aparece excepcionalmente una representación de mujer, la de Policarpa Salavarrieta, La  Pola, realizada por  Samuel Velásquez. Este relato del museo coincide con el relato de la historia oficial focalizado en los actos de un sujeto ideal masculino, aristocrático, individualista y blanco, protagonista de una historia de actos heroicos en la que no participan otros géneros, razas, minorías ni clases ni fuerzas  sociales.
 La artista entonces se propuso hacer evidente la mirada parcial del arte y de la museografía poniendo en un primer plano lo obviado y al mismo tiempo ocultando a quienes se tenían por protagonistas. Su idea entonces fue cubrir con telas todas las pinturas de dicha sala y dejar  al descubierto únicamente el retrato de Policarpa Salavarrieta. Al mismo tiempo planeó  instalar un conjunto de fusiles (de diferentes guerras patrias, también colección del Museo de Antioquia) frente al retrato de la “heroína” para reconstruir su fusilamiento.

 Una retrato de Jorge Eliécer Gaitán, “otro fusilado-silenciado” de nuestra historia, según palabras de la artista se istala en la otra ala de la sala, haciendo contrapeso al óleo de La Pola. Y ambos son “fusilados” por unas armas accionadas por nadie.   Al espectador que ingrese no le quedará más remedio que ser también simbólicamente atravesado por este silencioso y fantasmal fuego cruzado, como si fuera la historia quien estuviera disparándole.



Al involucrar a Gaitán como imagen y co-protagonista se está llevando a un primer plano el paradójico cruce de estos dos héroes sacrificados. La artista abandona de alguna manera su primera intención de reflexionar sobre los límites de las representaciones femeninas en el androcéntrico panteón decimonónico para reforzar sus preguntas acerca de la naturaleza del héroe en general. La minorías no están ahora sólo representadas por la mujer, sino también por lo indígena, lo popular y lo social, connotaciones que arrastra indefectiblemente el personaje de Gaitán en nuestros relatos históricos.  En este nuevo planteamiento, se involucran también otras épocas, además de la estrictamente independentista. Gaitán lleva la obra a la orilla de los tiempos actuales, pues la violencia de sus días se continúa en la violencia de nuestros días.

 Lo cual nos lleva a múltiples preguntas sobre la naturaleza del “héroe” como un tótem social imprescindible en la construcción de nuestras identidades ,sobre los mecanismos retóricos y simbólicos que lo hacen posible y sobre la cadena de connotaciones, de imágenes y relatos alimentándose de sí mismos en una auto-reproducción que no conoce fin y que nos constituye como nación.
Los audios son una oportunidad para reflexionar acerca de cómo estos héroes no sólo son construcciones visuales sino también orales y auditivas. El mito de Gaitán está hecho no sólo de sus gestos corporales, sino de esa voz que estrenó la radio y el corazón de las masas colombianas a mediados del siglo XX colombiano. Y las palabras de La Pola (que no sabemos si fueron creadas posteriormente por sus románticos biógrafos) hacen parte de su esencia tanto como los rizos negros de doncella de su iconografía de santa de la independencia.
El contrapunto entre lo femenino y  lo masculino, heroína y héroe, siglo XIX y Siglo XX se refuerza por el diálogo entre el óleo y el grano fotográfico, entre el gran arte y los íconos de los medios masivos de comunicación. Estamos ante la presencia por un lado de una heroína de holán y por el otro de un héroe pop, de papel y en alto contraste. Nuestros imaginarios se nutren de ambos como parece estarlo sugiriéndolo esta obra.
 La artista en general está utilizando estrategias muy contemporáneas como la intervención, la contaminación, la posproducción y llevándolas a un museo  oficial y en algunos aspectos decimonónicos, el cual gracias a estas estrategias ve revitalizadas y actualizadas sus colecciones. Con estas prácticas, el museo  puede lograr un diálogo más fresco con sus espectadores. La campaña de expectativa con afiches en el centro de Medellín ha logrado también llevar su trabajo fuera de lo espacios expositivos, en una propuesta que se acerca a la vida cotidiana y se sale de los relatos acartonados escolares y museográficos.  Esta instalación también sigue la tendencia iconoclasta que ha prevalecido en las celebraciones bicentenarias en el país.

Anotaciones 2:



La sala decimonónica de los héroes nacionales fue intervenida y los espectadores que la han visitado en estos días necesariamente la han visto con otros ojos, lo cual era la intención principal de la instalación. En esta sala  en penumbras, sus figuras teatrales se desvanecieron en los muros. También se involucró el sonido de la historia con audios correspondientes a cada uno de los personajes enfatizados: Gaitán y La Pola. Estos discursos que hacen parte de la leyenda se pueden escuchar individualmente y entonces se reafirma  el mito, o simplemente se pueden oír mezclados y entonces parece que la historia sólo fuera una sucesión inconexa de murmullos y fantasmas.
Este planteamiento formal trae de fondo el concepto de la muerte de la historia universal en el sentido en que Hegel o  la historia tradicional la concebían: como un relato lineal en ascenso contado por un relator omniscente e infalible. Pero la contemporaneidad  no puede creer más en  las anécdotas edificantes de héroes de charreteras, mármol y caballos con los que se intentó consolidar la identidad de las naciones latinoamericanas emergentes. Allí es donde pone el dedo en la llaga esta obra, y en ello se le hace reflexionar al espectador.
No se puede seguir  creyendo en los cuerpos ejemplares de los héroes que reemplazaron a los de los santos, lo cual es la idea que ratifica el montaje original del Museo de Antioquia. En esta sala se había escenificado, sin ningún tipo de distancia, una historia de la nación y del arte con raíces decimonónicas en pleno siglo XXI. La obra desbarata este guión y lo llena de perversas lecturas. Las representaciones independentistas son  ahora  náufragas de un campo de batalla. La instalación “El Pacificador”   convierte  la Sala de Arte Republicano del Museo de Antioquia en una ruina donde se agolpan y yuxtaponen  las  imágenes y los discursos de la Patria. Pero, precisamente  estos monumentos rotos, estos ruidos inconexos, son los que  hoy  permiten que esta adusta y muda galería muda vuelva a hablar a los oídos contemporáneos. Y esta es precisamente uno de los grandes aciertos del museo: que sea capaz de mirarse a sí mismo con ojos críticos gracias a esta lectura irreverente.
Otro de los valores de esta obra es que supo dominar el azar y sacar provecho de ello. Dejar que Gaitán se introdujera siguiendo la casualidad de un homónimo, o que terminara opacando a Rafael Núñez, precisamente el creador del Estado racista, clasista, machista y conservador que se impuso a Colombia desde la Constitución de 1886

miércoles, 25 de mayo de 2011

De soles y planetas


Ellas, por regla general,  parecen tener siempre que gravitar alrededor de un él.  Al respaldo de Frida en el billete de 500, como no, está Diego en una faceta afable de intelectual con gafas. La pequeña  Frida y el monumental Diego parecen una versión secular y local de Cristo y María, nuevos padres de la patria como en su momento y sin tanta suerte aspiraron serlo los emperadores de bolsillo Maximiliano y Carlota, antes de su rabiosa expulsión y ejecución del país de los mexicas.  




La Virgen de Guadalupe, como queda establecido en una portada de la revista Artes de México (Visiones de Guadalupe, No 29) y en un esclarecedor artículo de Jaime Cuadriello,  a pesar del aislamiento en su brillante crisálida sacra, también tiene una pareja masculina: San Miguel Arcángel, por no hablar de Juan Diego, su varonil hijo mexicano o San Juan, a quien se le apareció en México-Tenochtitlán, la versión criolla del Patmos apocalíptico.
Últimamente, Guadalupe también baila  su danza mixta con un insuperable compañero: el canonizable Juan Pablo II. Una reciente profusión de imágenes está construyendo una  iconografía inédita donde la Virgen -en un movimiento transgresor de las leyes de la fisiología pero totalmente válido  en el terreno de los imaginarios- termina por ser incubada  en el vientre del mediático Papa. Es que así como Guadalupe escogió a México entre los pueblos de la tierra para mostrarse en todo su esplendor, Juan Pablo también hizo una elección de este tipo, al declararse mexicano y adorador de Guadalupe, más que de cualquier otra virgen en el mundo. Los fieles locales agradecen  este gesto pero, además,  quieren eternizarlo en las memorias. Así  funden su escultura en un material tan duro como el bronce en el famoso santuario mariano para que la Historia no lo olvide nunca jamás.




Y, por supuesto, como me lo recuerda el profesor Antonio Rubial, a la bastarda Malinche se le concibe en las iconografías del siglo XVI, repetidas en códices, biombos y primeras pinturas novohispanas,  ya sea como  la traidora amante  de Hernán Cortés o como la esposa noble de Moctezuma, con la que forma otra pareja de padres de la patria, para una nación huérfana que ha decidido tenerlos  a toda costa.



Palacio San Idelfonso, Mural Orozco



En Colombia nuestra Pola también está inevitablemente asociada a su historia romántica con Alejo Sabarain. Tanto que en el año de las inflamaciones bicentenarias, la industria de las telenovelas nacional no resistió la tentación de convertir esta historia patriótica en un intenso melodrama donde se  pintó la oscuridad y vaguedad del personaje histórico con los colores rosa y brillantes del romance. Por no hablar de Manuelita, una mujer que más que a una patria, amó, salvó, vivió y después se enterró en vida gracias a su obsesión por un héroe (una obsesión cercana a la de Frida por Diego).


La Pola, telenovela RCN, Colombia

Es como si este procedimiento sintáctico repetido (de poner sistemáticamente un él al lado de una ella) nos hablara de la apropiación masculina de un símbolo femenino.  Obviamente el mundo es mixto y los imaginarios de los géneros se constituyen por contraposición. Pero para la estructura del relato del héroe la presencia de la mujer no ha sido una condición indispensable ni definitiva. María no es una diosa, es la Madre de un Dios. Cortés o Moctezuma existirían sin Malinche,  Diego indudablemente sin Frida, Bolívar sin Manuelita. Sin embargo, para estas heroínas la ecuación contraria no se da. Ellas parecerían no ocupar un lugar en la historia, sino se les coloca en una órbita alrededor de un sol masculino. Guadalupe, Frida, Malinche, Manuelita, a pesar de sus bríos, parecen declarar en estos imaginarios su irreductible condición de planetas, rutilantes es verdad,  pero al fin y al cabo planetas.  

Sabias, diosas y princesas





El imaginario de las mujeres en Ciudad de México es fuerte y omnipresente. Desde los billetes que cambio en el aeropuerto empiezan a aparecer las figuras femeninas que los mexicanos han escogido como emblemas. Sor Juana da para un billete de 200. Frida está más alta en el mercado de los valores: es merecedora de ornar con su reconocidísima cara el billete de 500.

Recuerdo cómo en mi país, la Pola, nuestra aislada heroína independentista, pasa de mano en
mano  en un billete de 10.000 devaluados pesos colombianos.



Guadalupe, Sor Juana, Frida, Malinche, desde sus vidas dispares y sus tiempos irreductibles (a no ser en los imaginarios populares) indudablemente son los grandes iconos femeninos locales. Y te saltan desde todas las esquinas y lenguajes: en los billetes, en los murales, como muñequitas en los ventorrillos de las esquinas, en las revistas como divas, estampadas en las camisetas al lado del Che y don Ramón. Y en todas las formas de objetos consumibles: vasos, vajillas, bolsos, billeteras, collares. Sin embargo, a pesar de esta aparente profusión popular, la piel culta del espacio público del DF parece ser decididamente androcéntrica.



De otras ciudades de mujeres
 (Bogotá, Medellín-Colombia)
¿Qué cuerpos de mujer han decidido recordar los imaginarios de la identidad colombiana fraguados desde un ojo androcéntrico? Al igual que en México, en nuestra galería barroca hay una cargada presencia femenina por cuenta de vírgenes y mártires.

Virgen, Medellín, foto Sol AGE


Pero nuestro imaginario popular y nuestro discurso de Nación no está tan obsesionado con un sólo icono como sucede con la imantada imagen de Guadalupe. Hay un espacio para múltiples vírgenes que la religiosidad popular no deja de crear, todas gustan, a todas se les reza, todas son cuerpos ejemplares a los que se les ponen pedestales y a las que se  les hacen altares. Las vírgenes son múltiples: la del Rosario, la Inmaculada Concepción, la del Carmen más las nuevas como la de Sabaneta y las que no dejan de aparecer) nos asaltan. No sólo en las iglesias, sino en las esquinas, las carreteras, las estampitas, los  autobuses del servicio público,  en los taxis, extienden majestuosamente su imperio piadoso.


Medellín, foto: Sol AGE
Virgen Parque Lleras, Medellín, Foto Sol AGE
Virgen, Esquina de las Mujeres, Medellí, Foto Sol AGE

Virgen, barrio Laureles, Medellín, foto Sol AGE

Virgen de La Candelaria a la que está consagrada la ciudad de Medellín, en su escudo oficial en una valla callejera de la Alcaldía, foto: Sol AGE 



Así, por ejemplo, las estaciones del joven metro de Medellín -que apenas tiene un poca más de un cuarto de siglo-  fueron pintadas en plenos años 80 con representaciones de sus múltiples advocaciones. Con esta acción se esperaba que la desatada violencia de aquellos años no tocara los relucientes y nuevos vagones del metro, pues si con alguien no se metían los sicarios de la época era precisamente con Santa María, extensión de su madrecita terrenal. (¡Me llamó la atención, cuando leí hace poco en en el libro "Our Lady of Controversy" acerca de la artista chicana Alma López, que en las calles de Los Ángeles donde está representada la virgen de Guadalupe también bajan los niveles de criminalidad! Virgen guardiana de los cielos y la tierra).


Metro Medellín, foto: Sol AGE


Metro Medellín, Reproducción Virgen de Fernando Botero, foto: Sol AGE
. Esta fue una decisión muy controvertida en su momento, pero que con el tiempo pareció darle la razón a quienes tuvieron la iniciativa de convertir el metro en una zona mariana oficial: en el metro, por alguna razón, nunca pasó nada.   
Las chicas del panteón nacional

Después de esa profusión de figuras femeninas coloniales,  el ojo del período de la independencia  se cierra prácticamente para el mundo femenino, eso sí con dos excepciones muy notables. La primera, sin duda, es “La Pola” heroína y nueva mártir, quien en nuestros imaginarios es una especie de santa virgen sacrificada, tanto que sus primera representaciones emulan literalmente las iconografías de las mártires. Su figura ejemplarizante, entre moral y romántica, la hizo merecedora de aparecer como la única mujer de nuestros billetes, codo a codo con todo tipo de uniformes y charreteras del panteón absolutamente masculino de los héroes.


Virgen de Nuestra Señora de Chiquinquirá



Martirio de Santa Catalina, Museo Colonial, Bogotá
Policarpa Salavarreta, Museo Nacional de Bogotá, Anonimo


En 1910,  en las inflamaciones del centenario de la independencia colombiana, el escultor Dionisio Cortés la representó en una estatua en un barrio tradicional de Bogotá, que quedaba al lado de una cervecería.

Escultura Policarpa Salavarrieta, Dionisio Cortés, Bogotá, foto: Sol AGE


Escultura Policarpa Salavarrieta, Dionisio Cortés, Bogotá, foto: Sol AGE

Esta casualidad le dio una segunda inmortalidad, pues desde entonces  en Colombia a las cervezas se les dice “polas” y cuando usted pide una en nuestro país, sin saberlo, le está haciendo un homenaje a una mujer que murió de amor a la patria, y a su novio  patriota.






Escultura Policarpa Salavarrieta, Dionisio Cortés, Bogotá, foto: Sol AGE

Después de ella, hay un símbolo femenino y colorido en la mitad de nuestros héroes oscuros y petrificados,  un símbolo algo ambiguo que sube y baja en el mercado de los valores históricos: Manuelita Sáenz, la ecuatoriana amante de Bolívar.

 

Manuelita Sáenz y Simón Bolívar. Obra del artista Jorge Alberto Casas. Foto: Daniel Gómez - El Espectador

http://blogs.elespectador.com/elmagazin/2010/08/02/las-manuelas/


Barrio La Candelaria, Bogotá, Foto: Sol AGE

Barrio La Candelaria, Grafitti Bolívar y Manuelita, Bogotá, Foto: Sol AGE

Barrio La Candelaria, Grafi Bolívar y Manuelita, Bogotá, Foto: Sol AGE


Barrio La Candelaria, Grafitti Manuelita Sáenz, Bogotá, Foto: Sol AGE


Un personaje dudoso como la Malinche a quien no se sabe si despreciar por atrevida, “marimacha”, soez, libertina y poco mujer; o admirar por que , a pesar de todo, le  salvo la vida al salvador de Colombia, nuestro Dios padre de la patria, heredero de Apolo y de Cristo No se sabemos si es una Eva o una María,  así como tampoco parece saberse a ciencia cierta de Malinche.
La Virgen, La Pola, Manuelita,  moldes de los cuerpos coloniales y decimonónicos  que continúan arraigados  en la base de nuestros actuales discursos identitarios.